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Aproximadamente 3500 años el simple y a la vez complejo acto de mezclar cobre con estaño generó una de las revoluciones tecnológicas y sociales más profundas y de mayor impacto en nuestra vida actual. La Edad del Bronce permitió, entre otras cuestiones, un nuevo tipo de status luego de la etapa sacerdotal del neolítico. Ya no se valía socialmente sólo por lo que se sabía, por lo que se aportaba a la comunidad o por quién se era. Sino que desde allí y para siempre, por lo que se poseía.

Esa aleación, su dominio y manejo, creó nuevas clases sociales y los primeros objetos de deseo al estilo moderno. Tecnología para satisfacer el deseo. Qué no hubiera dado un campesino o un carpintero por una punta de bronce para el arado o un hacha para trabajar la madera. Cuánto habrá soñado una muchacha por poder poseer un brazalete.

Riqueza y Poder que se podía distinguir desde lejos, independientemente del conocimiento. Dominio de la naturaleza. Movilidad social a partir de la iniciativa personal de querer aprender, que solo volvería a repetirse con fuerza con la aparición los gremios y la burguesía al final del Feudalismo.

Recursos naturales y habilidades humanas creando una nueva forma de vida, que a su vez, había que justificar con una valoración asociada a los dioses que seguramente lo permitían.

Como si no fuera suficiente. Como si el hombre no se lo mereciera porque sí. Deseo y merecimiento. Si bien la expectativa de vida era de apenas 30 años, era una vida más fácil de llevar. Una buena vida -en comparación a la de generaciones anteriores- que arrastraba al hombre a la culpa y por consiguiente a vías de expiación para lo cual era necesaria una nueva casta que pudiera interpretar el mensaje de esos dioses.

Se podía morir de una caries o un raspón pero era una buena vida. La mejor vida posible de los últimos 40 mil años. Casas permanentes y cómodas, familias integradas, parcelas agrícolas privadas, división del trabajo, vecinos, hijos que jugaban y aprendían juntos, tiempo libre. Y ese deseo irrefrenable de matarse porque sí. Para ello harían las mejores armas.

La vida doméstica tal como la conocemos hoy día se desarrolló allí, al costado de las fraguas de cobre y estaño, junto a los depósitos de cereales. En los primeros caseríos y aldeas que luego darían paso a las ciudades.

Si bien desde finales de la Era del Hielo el hombre moderno ya intercambiaba bienes, es en la Era de Bronce en que se moldeó la idea que hoy tenemos del comercio e implicó además la primera revolución sexual. Los jóvenes se acicalaban para promoverse en casamientos acordados entre clanes que actuaban, a su vez, como una póliza de seguros cuando se tenían problemas.

La masificación en el uso de joyas, las baratas y las caras; desde un alfiler para sujetar una prenda hasta un pectoral de oro y piedras o un barco ornamental, generó también la idea de la moda tal cual la entendemos hoy. Lo supérfluo y lo importante acompañando el desarrollo tecnológico para producirlos y seguramente el fomento de la necesidad de obtenerlos.

El concepto de familia moderna que llevaba ocho mil años de evolución quedó cristalizada allí. En las tierras altas de la Gran Bretaña, en Irán e Irak, a orillas del Nilo o en las montañas de Europa central, en los fiordos de Suecia y Finlandia o la China actuales.

El uso del Bronce estimuló el progreso y una cierta homogeneización cultural. Nuestra primera globalización.

Se afianzaron profundos cambios en las creencias y la forma de entender la vida y la muerte -y cómo justificarlas-. Y la necesidad de transmitir la responsabilidad de preservar esas nuevas cosmovisiones a los descendientes.

Si bien la Edad de Bronce tuvo diferentes etapas, no fue lineal ni se impuso como tal simultáneamente en todo el mundo habitado, los saltos tecnológicos forzaron y favorecieron cambios sociales tan profundos que permanecen atávicamente presentes hoy, debajo del asfalto, escondidos en un auto de lujo, en una tableta iPad, en un par de botas, en una relación de pareja y en un almuerzo familiar.

Fue el fin de la Prehistoria para siempre. Después llegaría la escritura, los romanos, chinos e hindúes, el cristianismo y el islam, la imprenta, la reforma, el manejo del vapor, la penicilina, la bomba atómica, el marketing, el microchip y todo lo demás…

Javier Alejandro Rega

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